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Miami Herald - Christine Dolen

ldlp-01 Por Luis de la Paz para www.TeatroenMiami.com 

¿Es positivo para la cultura cubana la presentación en foros de Miami de los artistas de la isla?... ¿Es positivo para la cultura cubana el “regreso” a la isla de los escritores que han muerto en el exilio?... Creo que la respuesta para ambas preguntas es sí. Pero surge una pregunta más: ¿Debemos calladamente aceptar esta realidad que encierra una manipulación? Estimo que la respuesta debe ser no. Valga destacar que la voz que se ha de levantar no es para rechazar la difusión de la obra de un artista, sino  por el mezquino manejo que de ella se hace. La intención es desenmascarar la impune utilización en Cuba de aquellos exiliados de la dictadura castrista, que por estar muertos ya no pueden protestar.

            Lo expresado en el portal Cubaencuentro por Haroldo Dilla Alfonso, señalando que “el gobierno cubano sigue viendo a sus emigrados como desprendimientos del cuerpo nacional a los que hay que sacar plusvalía…”, se inserta perfectamente en esta operación que se podría calificar de inteligencia militar, cuya finalidad es apropiarse del nombre y de la obra de los artistas que tuvieron que salir al exilio y morir en el exilio, por culpa de la misma dictadura que hoy los quiere recuperar para la cultura nacional y obtener dividendos económicos y morales.

            Las autoridades culturales y políticas de Cuba son las organizadoras del mal llamado intercambio cultural, con un proyecto trazado a largo plazo. Esta ofensiva de promover la imagen de apertura y atraer fondos para las arcas nacionales, comenzó con las artes plásticas en la década del ochenta del siglo pasado, poco después del éxodo del Mariel. A los pintores les abrieron las puertas para exponer y vender en el extranjero y a clientes internos. (Durante años el castrismo consideró patrimonio nacional cualquier obra artística que se realizaba en la isla, por lo que su venta o exportación estaba prohibida por ser bienes del estado). Tras la flexibilización de esa política, crece rápidamente el mercado internacional de arte cubano, lo que le permitió a muchos artistas vender y a muchos coleccionistas adquirir obras en la isla, dinero que al final, en muchos casos, quedaba en las arcas nacionales.

            La segunda fase significativa en este proyecto económico y político (que también tiene como finalidad restarle fuerzas al exilio como unidad anticastrista), fue a través de grupos musicales y cantantes populares. Los escenarios de Estados Unidos… Nueva York, Los Ángeles, San Francisco y Chicago, fueron terrenos  exploratorios, para desembarcar, de manera sistemática y casi masiva, en Miami… en la Cuba de los exiliados, la Cuba del destierro. La idea era quebrar la influencia del exilio y posesionarse del mercado, o sea, del dinero, de los que viven fuera de la isla y que, volviendo a Haroldo Dilla Alfonso, hay que “sacar plusvalía”. Esta ofensiva tuvo un rostro muy visible, Hugo Cancio, del que ya casi no se escucha hablar, y publicidad gratuita a través de las muy genuinas protestas públicas convocadas por Miguel Saavedra y su organización Vigilia Mambisa. La prensa, que por lo general presta poca atención al quehacer cultural, “cubría” las protestas de los exiliados, regalando indirectamente la tan deseada publicidad.   

            El tercer paso en esta corriente: el cine y la programación de la televisión cubana, de nuevo, una fuente de entradas económicas que no podían despreciar, sobre todo después del llamado Período Especial. De repente viejos programas de la televisión, en algunos casos, retazos, pues no se preocuparon en conservarlos y casi todas las películas del ICAIC, llenaron los negocios de video de Miami y la demanda resultó sorprendente. Para algunos era inconcebible que programas de pésima hechura y en muchos casos ensalzando las suspicacias de los agentes de la Seguridad del Estado, despertaran tanto interés, así como espacios humorísticos donde, en ocasiones, destaca la vulgaridad por encima del humor.

Hubo otro fuerte empuje a través del teatro. Aunque económicamente este resulta menos rentable para el régimen, ejerce cierta presencia y ofrece protagonismo a autores cubanos radicados en la isla en los escenarios de Miami. El director Alberto Sarraín y su grupo La Má Teodora han mantenido una constante presentación en Miami de obras de autores cubanos residentes en la isla. Sarraín ha manifestado su desinterés por la labor de los dramaturgos del exilio, por lo que ha sido muy consecuente con el trabajo de autores insulares, mientras ansía al público de Miami. Primero estrenó varias piezas de Abilio Estévez (después del exilio del escritor, Sarraín no ha vuelto a dirigir ninguna otra obra de Estévez), luego a Alberto Pedro, seguido de Abel González Melo y otros autores residentes al sur del Estrecho de la Florida. Por su parte, el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, que dirige Mario Ernesto Sánchez, entre el 2003 y el 2009, invitó y presentó en su importante evento anual, siete obras adaptadas en La Habana por la funcionaria oficial de cultura Raquel Carrió, asesora de dramaturgia del oficial Teatro Buendía. El flujo de obras de la isla al festival se detuvo (coincidentemente) tras la separación de la actriz Lillian Vega (hija de otra figura oficial del teatro en la isla, Flora Lauten, cercana colaboradora de Carrió), de Teatro Avante y de los cursos de formación de actores de Prometeo, en el Miami Dade College. Otras salas, Akuara Teatro y Havanafama Teatro Estudio, presentan a menudo obras de autores que viven y trabajan en Cuba, o de tránsito por Miami, aunque la segunda tiene también una larga trayectoria de estrenos de obras escritas en el exilio, mientras que Akuara, al menos durante el 2013, se ha centrado en obras de los isleños.

Al creciente interés por el teatro de autores de la isla en el Sur de la Florida, hay que añadir al Archivo Digital de Teatro Cubano, de la Universidad de Miami, que encabeza la Dra. Lillian Manzor, la que dedica muchos esfuerzos y recursos a documentar las obras que se estrenan en la isla, o de la isla en los escenarios de Miami; no así con la misma asiduidad de los dramaturgos cubanos que viven exiliados en Miami y que estrenan con dificultad sus obras. Esta cobertura tan fluctuante resulta, a todas luces contradictoria, con la misión del proyecto del Archivo, que en su página web señala: “El Archivo Digital incluye materiales digitalizados y filmados dentro y fuera de Cuba al igual que información relacionada al teatro cubano, con un enfoque especial en el teatro producido por las comunidades cubanas en los Estados Unidos”. Extraña manera de entenderse lo del “enfoque especial” en lo que se hace en Estados Unidos, pues en un recorrido por la página es notable la actualidad sobre lo realizado en Cuba o en Miami de autores de la isla, y disperso y limitado lo que se refiere a los dramaturgos del exilio.

            Finalmente (y valga destacar que todo lo anteriormente expresado es a grandes rasgos, hay muchas aristas no exploradas), la literatura. Este campo es el más sensible de todos, pues de los escritores, se espera, sean la inteligencia, la conciencia de un pueblo, los visionarios de una nación. En el caso cubano, los que tenían esas características pagaron con prisión, ostracismo y exilio. Los que no la tuvieron, o no se atrevieron a mostrar su propio rostro por temor o conveniencia, han sido los cómplices y los que hoy pretenden presentarse, en el mismo bastión central del exilio cubano, Miami, como los defensores de la libertad y la pluralidad de ideas.  

            Por poco más de un lustro, quizás se pueden tomar como patrón la desaparición oficial de Fidel Castro (aunque ya venía ocurriendo desde antes) se ha forjado una presencia permanente de cubanos de la isla en Miami, a quienes incluso anticastristas les abren sus puertas para que se presenten en sus salones, teatros, librerías, tertulias e incluso se les publica libros y ofrecen conferencias en ferias y universidades, como si lo que vinieran a decir no lo pudiera expresar (quizás con más libertad) otro escritor, aquel que llegó a tierras de libertad seis meses antes, un año antes. Pero no. Prefieren a aquellos que gozan del reconocimiento oficial.

            Las autoridades culturales de la isla se han concentrado en abrir las puertas para que la obra y el nombre ninguneado por años de escritores que murieron en el exilio se reconozcan nuevamente, o por primera vez, en Cuba (la de algunos vivos también, pero son la excepción). Generaciones enteras de cubanos en la isla jamás escucharon el nombre de Lydia Cabrera, hasta que, a pesar de sus públicas negativas, se editó El Monte… claro, la plusvalía. La lista que se pudiera presentar es enorme.

            Esta es una lucha entre escritores vivos (los de la isla) versus los muertos (los del exilio), que sin poder defenderse son utilizados a su antojo en Cuba. Al final, creo que gana la cultura cubana, en particular la literatura cubana del exilio; gana el que está en la isla y de repente descubre que existe una literatura muy cubana y que es parte esencial del conjunto total de la literatura nacional, y, además, llevan el sello Made in Exile, con la carga de pena y de orgullo que ese contraste encierra.

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